Había una vez un rey que congregó a sus arquitectos para construir un laberinto tan perplejo y confuso que quienes entraban se perdían. Aprovechó la visita de otro rey con quien probó esta maravilla para hacer burla de su simplicidad. Lo hizo entrar en su laberinto donde se perdió entre muros, puertas y escaleras, pero al fin logró dar con la puerta de salida. Después volvió el ofendido para cobrar venganza, hizo cautivo al soberbio, lo amarró de un camello y lo hizo perder en su laberinto sin corredores ni muros, donde murió de hambre y de sed.
Hoy los laberintos no son una fantasía sino una cotidianidad. Las ciudades se dilatan en calles y avenidas donde los hombres corren y se pierden sin pretender encontrar la salida, están muy a gusto con su ruido y embrollo. Hay quienes tienen la posibilidad y recursos con qué escapar de este encierro, pero buscan otros laberínticas ciudades no menos confusas y rutinarias.
Hay en el oriente antioqueño un laberinto de colinas y veredas, no para hacer perder a los reyes ni a los hombres, sino para encontrar su destino. Ya ha sido suficiente con el trazado de las ciudades para confundir
laberinto, (ver Borges los dos reyes y los dos laberintos) que un rey mandò a construir para que alli se perdieran los hombres.